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Las Actas del Juicio

En la ciudad de Concepción del Uruguay, a los diez y siete días del mes de agosto de mil ochocientos setenta y uno, el señor juez en primera instancia en lo criminal, doctor Sebastián J. Mendi­buru, acompañado de mí el infrascripto secretario de Actas se constituyó en la Sala Central del Juzgado Municipal a tomarle declaración como testigo en esta causa al acusado Robustiano Vega, el que previo el juramento de decir verdad de todo lo que supiere y le fuere preguntado, lo fue al tenor siguiente:

_Lo que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde an­tes. Por eso yo quiero contar todo desde el principio, para que no se piense que ando arrepentido de lo que hice, que una cosa es la tristeza y otra distinta el arrepentimiento, y lo que yo hice ya es­taba hecho y no fue más que un favor, algo que sólo se hace para aliviar, algo que no le importa a nadie. Ni al General.
Porque para nosotros estaba muerto desde antes. Eso ustedes no lo saben y ahora arman este bochinche y andan diciendo que en los Bajos de Toledo tuvimos miedo. Que lo hicimos por miedo. A nosotros decirnos que fue por miedo a pelear. A nosotros, que lo corrimos a don Juan Manuel y a Oribe y a Lavalle y al manco Paz. A nosotros que estuvimos, aquella tarde, en Cepeda, cuando el General nos juntó a todos los del Quinto en una lomada y el sol le pegaba de frente, iluminándolo, y dijo que si los porteños eran mil alcanzaba con quinientos. "Porque con la mitad de mis entrerrianos los espanto", dijo el General, y el sol le achicaba los ojos.
En aquel tiempo ya teníamos casi diez años de saber qué cosa es no haber escapado nunca, qué cosa es galopar y galopar como rebotando y sentir la tierra abajo que retumba y arremeter a los aritos mientras los otros son una polvareda chiquita, copio si uno los corriera con la parada.
En ese entonces pelear era casi una fiesta y cuando nos juntábamos era para una fiesta y no para morir. Se escuchaba un ga­lope tendido a lo lejos que se venía, dele agrandarse, hasta que cruzaba el pueblo sin parar, avisándonos. Ahí nomás las mujeres empezaban a llorisquear y a veces daba pena por las cosechas o porque los animales estaban de cría o uno se acababa de juntar y había que dejarla con ganas, porque el General decía que para pelear como es debido no hay que tener a la mujer con uno; por­que llevar a la mujer a la rastra no es de hombre. Él era el único en llevar mujer, pero el General era distinto y precisaba mujer por la misma razón que nosotros no la necesitábamos.
Todo Entre Ríos se quedaba pelado, cuando nos íbamos. Era una cosa de no verse nadie por ningún lado, como si fuera de noche, que no se ve ni un alma, ni un caballo, nada, porque todos andábamos peleando. Hubo veces que volvimos con lo puesto y era fiero rejuntar los animales y a veces el yuyo lo había tapado todo y era triste de mirar. Por eso mienten los porteños cuando dicen que cada uno de los soldados de la Confederación era due­ño de una estancia. Mienten, y yo quiero que usted anote que ellos mienten, para que se sepa. Mienten porque nosotros somos muchos y Entre Ríos no da tierra para todos. Por lo menos tierra que sirva, porque la que está en los bañados nadie la quiere, y la otra, entre la que es del General y la que el General le regaló a los oficiales, no queda tierra ni para morirse encima. Pero los porte­ños vienen mintiendo desde hace mucho y no tienen ni idea de lo que pasa por aquí. Ellos no conocen eso que nos daba de jun­tarnos casi todos los entrerrianos en dos días para preguntarle al Grito a quién había que espantar. Eso de ver llegar hombres de todos los sitios, que para donde uno mira hay caballos, y el General con el poncho blanco, esperando.
Por eso los que hablan que tuvimos miedo no saben nada y seguro son porteños. No conocen el orgullo que da ser los me­jores. No saben que todo pasó por ese mismo orgullo. Aquella alegría que nos dio la vez que hicimos las cien leguas que van de Ubajay a Pago Largo en un solo galope que duró nueve días en­teros. Fue cuando Oribe y hubo que domar potros en el camino porque la mitad se nos reventó en la galopada aquella, con el sol siempre encima y uno corría y corría, como para escaparle. Eso nos pareció, que le disparábamos al sol que se nos metía adentro de la piel, que nos llenaba la cabeza de polvo y de cansancio y seguro que fue lo que nos hizo andar tan ligero. Cuando llegamos; el Uruguay estaba en crecida. Debía estar lloviendo lejos, porque ahí el cielo lastimaba de tan claro mientras nos amontonábamos en la orilla y el río estaba tan ancho que no se alcanzaba a divi­sar más que la sombra de los sauces del otro lado. Estaba lleno de troncos y basura que cruzaban saltando, y cuando no había troncos el agua se quedaba quieta y marrón, parecida a la tierra. Nos quedamos mirando y mirando, hasta que el sargento Reyes fue y le dijo al General lo que pensábamos todos. Se acercó y sin bajarse del caballo, se lo dijo. El General galopó de una punta a otra y levantaba el sombrero en la mano, como agradeciendo.
El agua empujaba que metía miedo y había que afirmarse despa­cio y era jodido nadar llevando el caballo del maneador, y el agua estaba tibia y de golpe cortaba de tan fría y cada tanto alguno daba un grito y una voltereta y aparecían las patas del caballo y la panza y era que se lo llevaba la correntada y ése no salía más, por lo menos hasta el Salado. Cuentan que el río estaba gris porque nosotros lo cubríamos; tantos éramos que en vez de agua parecía lleno de entrerrianos. Estuvimos cerca de una hora hasta poder afirmar los pies en el barro. Dicen que el General se fue por una hondonada y por poco se ahoga. Que manoteó feo y ter­minó prendido a un tronco. Eso dicen, pero algunos lo vieron del otro lado, lo más calmo y no sofocado como nosotros, que respirábamos abriendo la boca, porque el que más el que menos había sentido el gusto a aceite tibio del agua revolviéndole las tripas.

_¿Quién dice que no es de esto de lo que tengo que hablar? Si fue por eso que yo lo hice y por estas cosas entendió el Gene­ral que no era al miedo a lo que nosotros le cuerpeamos, la noche aquella, en los Bajos. Lo supo por estas cosas y porque él, de nosotros, lo sabía todo. Por lo menos mientras fue el de siempre, antes que lo cambiaran, mientras fue el de siempre y peleó a ga­nar y mandó a ganar. Mientras arremetió con nosotros, en las cargas, él también con lanza y al galope y puteando, igual que cualquiera. Mientras lo vimos llegarse a los festejos y entreverar­se, como si le gustara. Y uno lo sentía mandando, no porque fue­ra el General, sino porque tenía un modo de mirar, con esos ojos amarillos, que ya estaba mandando sin decir nada, a pesar de que bailara con nosotros, en el rancherío. Me acuerdo la tarde que lo desafió a Dávila, que tenía un alazán invicto, y la corrieron en el arroyo seco y todos estábamos con Dávila, que entró tranquilo y el General se reía, como si fuera un desfile. Cuando la corrie­ron lo único que se supo fue que el General era mucho jinete pero que contra el alazán de Dávila no se podía. Nadie se lo olvi­da aquella noche, tan caliente con la mujer del Payo que era rubia y de ojos parecidos a los de él y nunca se supo de dónde la había traído. Eso le preguntó el General:
_¿De dónde la sacó, Chávez? Está muy buena su mujer.
Que la quería con el.
_Es mucha mujer para vos -se oyó, y dicen que venía medio pasado de caña.
El Payo se estaba quieto y lo miraba sin levantarse, como diciendo: "Usted dice así, mi general, porque es el que manda", y entonces le preguntó si tenía algo que decir.
_¿Tiene algo que decir, Chávez? -y la voz se quedó como colgada en el aire porque ya no había música, nada más que el silencio, cuando lo dijo, con esa voz suya acostumbrada a mandar.
Cuentan que el Payo le contestó casi en voz baja:
_Usted se le anima a mi mujer porque es el que manda, mi general.
_¿Usted cree, Chávez? -y que se viniera con él y movió un brazo así, como sin ganas, señalando la oscuridad, a ver cuál de los dos se equivocaba.
Se metieron entre los árboles. Nosotros nos quedamos en me­dio de toda la luz. No se escuchaba otra cosa que el viento mo­viendo las hojas y un olor a cuero sudado o a naranjas y la mu­jer del Payo se retorcía las manos, y cuando el General salió, ya era viuda del Payo y mujer del General.

_No, señor. Y por eso estábamos con él. Porque siempre hizo lo que era debido y daba gusto pelear por él, que era como noso­tros, que había empezado de abajo y lo hizo todo con el coraje, desde el tiempo en que empezó a arrear caballos entre los indios, cuando recién andaba por los veinte, y ya no se le podían contar aquí ni los hijos, ni las leguas.
_Seguro que sí, pero distinto. Como si le hubiera quedado la envoltura, el cuero nada más y por adentro todo revuelto. A nosotros nos daba como indignación. Hubo gente que se trenzó para desagraviarlo cuando por allí empezaron a decirlo, especialmente después de lo de Pavón. Castro fue el primero que dejó boqueando a un correntino que había dicho que el Gene­ral estaba viejo.
_Está vendido a Mitre -cuentan que dijo, y Castro, casi con desgano, lo hizo salir del boliche y el otro le decía: Lo dije en joda, hermano, lo dije en joda -con los ojos agranda­dos por la falta de coraje.
Cuando lo dejó tendido a todos nos vino la tranquilidad, pero era como si empezaran a decirnos lo que andábamos sabiendo: que el General estaba como muerto.
Algunos dicen que todo empezó cuando le mataron el Sauce, un tordillo que era una luz, y se lo mataron por casualidad. Cuentan que se estuvo agachado, él que no era de aflojar, déle mirarlo, y que le acariciaba el cogote como con asco, mientras se le moría. Después se empezó a encorvar y de golpe lo remató con un tiro entre los ojos.
Cuando se alzó pidiendo "Un caballo que aguante, carajo", ya era otro y están los que dicen que lloraba, pero eso no, por­que no era hombre para eso, para cambiar porque le falta el caballo.

_En el fondo, ninguno de nosotros sabe de dónde le nacían las ganas de hacer esas cosas que no podían gustarle ni a él. Lo de quedarse con las tierras de las viudas. O querer llevar­nos a pelear contra los paraguayos, que nunca nos hicieron nada, y al lado de Mitre. Y eso con los desertores de hacer que los lanceáramos en seco, igual que a indios. Los amontonó en el corral grande y nos hizo formar sobre la avenida, como para una diversión, Los iba largando de a uno y después elegía a cualquiera de nosotros, con la mirada. Nos achicábamos sobre el caballo porque era sucio eso de verlos correr y correr solos y al sol, en medio de la calle, despatarrados por el miedo, cada vez más cerca, igual que si retrocedieran, hasta meterse bajo la panza del caballo. Allí se tiraban al suelo o empezaban a retor­cerse y a gritar levantando los brazos como si uno pudiera hacer otra cosa que partirlos de un puntazo.
Pasamos la tarde entera en esas corridas hasta que termi­namos acostumbrados a los gritos y al olor de la sangre. Y se fueron quedando tendidos, como trapos al sol, en una fila des­pareja que bordeaba la laguna.
_No, señor. Ninguno de nosotros sabe. Pero se notaba. Hasta que vino lo de Pavón, que fue como si buscara humillarnos. Hacernos vadear el río para escapar, medio escondidos, y dejar­le a los porteños la de ganar sin ni siquiera un apronte. Irnos así, callados y con las ganas, es lo que da vergüenza. Eso de quedarnos viendo cuando el coronel Olmos (que fue de los que aguantaron la vez de la emboscada en Corral Chico) se le acer­ca y le dice:
_Con respeto, mi general y perdone. ¿Por qué la retirada?
Y él, con la cara hundida en las arrugas, lo hace meter en el cepo, nada más que por la pregunta.
Ninguno de ustedes sabe lo que es andar todo el día y toda la noche, de un tirón, hasta entrar en Entre Ríos, como si ellos nos vinieran corriendo, siendo que veníamos enteros y con eso adentro que nos daba vuelta de pensar que los porteños pudie­ran decir que nos corrieron y nosotros ni les vimos las caras.
Él galopaba solo y adelante y uno esperaba que se diera vuelta con esa sonrisa que le borra las arrugas, para explicar­nos que era una trampa a los de Mitre eso de escaparnos así, de repente. Pero cuando desmontó en el San José no había dicho ni una palabra, nada más que aquello al coronel Olmos.

De esas cosas les quiero preguntar, a ustedes, que son letra­dos, aunque se hayan juntado aquí para que sea yo el que hable. Porque yo no puedo decir más que lo que sé y el resto lo tienen que averiguar. Lo que yo sé es que todo lo que hici­mos fue para remediar lo que le sucedía y que nos tenía asom­brados. Que nos mandara vestir de gala y esperar la diligencia que viene del Rosario. Estar allí, sobre el camino, con el sol que va calentando la sangre, dele esperar. Verla aparecer al rondo, contra los montes y después agrandarse y agrandarse. Venimos de escolta por todo el valle para descubrir que ha­bíamos escoltado porteños. Lo entendimos cuando bajaron en la Plaza, sacudiéndose la ropa como si con eso se pudiera ahu­yentar el polvo que traían pegado al sudor. Nos enteramos que venían del otro lado del Arroyo del Medio sólo por eso de ver cómo estaban vestidos y no por que el General nos avisara. Después pensamos que él los iba a educar, pero los recibió como si los necesitara, con todo embanderado y por la ventana se veía la luz y la mesa cubierta de porteños y el General disi­mulando en el medio y vestido como ellos. Cuentan que los por­teños decían las cosas, hablaban de ferrocarriles y del puerto y de la Patria, siempre con la voz del que ordena. Y el Gene­ral los escuchó callado, como si anduviera con sueño.
Al otro día nos hizo desfilar delante de esos soldados, que se metían el pañuelo en la boca cuando levantamos polvareda, al galopar. Y así anduvimos de un lado a otro, festejándolos, como si no fueran los mismos "Galerudos a los que vamos a empujar hasta el río y a enseñar lo que somos los entrerrianos, enseñarles qué cosa es la Patria y qué cosa es ser Federal", como nos dijo aquella vez, tan quieto en el tordillo, después de Caseros, antes de entrar a florearnos por Buenos Aires, todos con la cinta punzó y al trote, despacito nomás, para que apren­dieran.
Como si no fueran los mismos.

_Fue por todo eso que yo lo hice. Pero ya había sucedido antes, la noche aquella en los Bajos de Toledo, mientras la llu­via no nos dejaba respirar ocupando todo el aire. Esa vez su­cedió. Y no fue por divertirnos. Ni por miedo a pelear, como andan diciendo, sino por coraje y porque el General ya no se mandaba ni a él. Y ésa fue la vez que se lo dijimos. Lo que pasó después, es como si no hubiera pasado. Esto de que todo Entre Ríos ante con voluntad de guerrear y gritando ¡Muera Urquiza! cuando para nosotros, los que peleamos al lado de él, ya estaba muerto desde antes. Esa noche es la que importa. Con el cielo sucio de la tierra y los esteros manchados por las fogatas, me la acuerdo más que a la otra y me duele más, y ninguno de nosotros, de los que estuvo, se la olvida, porque fue como despedirse.
Soplaba un viento lleno de tormenta que traía como una tristeza y de golpe trajo la lluvia. Una lluvia fea, medio tibia y tan fuerte que nos fue juntando a todos en la lomada, cerca del río. No nos veíamos ni las caras y se escuchaba la lluvia, el olor a sudor o a cuero mojado y los caballos sacudiéndose. Entonces alguno dijo lo de irnos. Mejor nos volvemos para En­tre Ríos, el General ya no sirve, se oyó, y como si con eso lo mandaran a llamar, apareció, no él, sino esa voz suya tan quieta.
_¿Qué pasa acá? -dijo.
_Pasa que nos volvemos, mi general.
_¿Y quién carajo ordenó que se vuelvan?
Se escuchó el río que estaba cerca y creciendo. Eso como un trueno que era el río y nacía más, porque ninguno sabia contestar quien era el que mandaba volver. Nos quedamos calla­dos, mientras la lluvia nos obligaba a cerrar los ojos y apre­tarnos en la montura como para no estar, todo en medio de una oscuridad que aunque uno abriera los ojos igual no veía más que la lluvia y era como estar solo, encima del caballo, hasta que cruzaba un relámpago como una llamarada y entonces se veía la loma llena de hombres, igual que si brotaran. Nunca estuve cerca del General, pero le escuché la voz mezclada con el bochinche. Algunos dicen que nos hablaba pero no se enten­día más que la lluvia.
Hasta que entramos a ladearnos, despa­cito, para el lado del estruendo, y nos metimos en el río que empujaba feo, como la voz de Oribe, y en medio de aquella agua que venía de todos lados, lo escuchamos gritar y a veces, de pronto, era como verlo, con el poncho medio gris, color ceni­za, parecido a un tronco arrancado de la tierra, tirado en medio del río. Yo no me acuerdo de otra cosa que del agua y de los gritos y de una vez, en medio de la luz de un relámpago, que me pareció verlo y tuve ganas de pedirle que se viniera con nosotros, para Entre Ríos.
Ésa fue la vez que lo hicimos.
Lo demás vino porque daba lástima verlo, tan apagado. Has­ta las mujeres empezaron anotarlo. Fue en ese tiempo que se le desapareció la Gringa, que era la mejor mujer de Entre Ríos, y se escapó con Olmos, sin que él hiciera más que enterarse.
Por las tardes se paseaba cerca del río, y uno lo miraba de lejos, y era como ver pasar el viento. Se andaba solo y callado y daba una especie de indignación.
También por eso lo hice. Para ayudarlo.
Pero hubo otras cosas, porque si no ustedes no armarían este bochinche y yo no estaría hablando de esto que sólo me da pena. Alguna otra cosa anduvo pasando que no sabemos, algo que viene de lejos y que fue lo que modificó al General. Y de eso parece que no hay quien conozca. Ni entre ustedes.
Yo me lo malicié de entrada, aquella noche, en la estancia de don Ricardo López Jordán, cuando me preguntaron si me ani­maba. "¿Te animás, Vega?", me preguntaron, y yo me quedé quieto y no dije nada. Pedí seis hombres y antes que clareara me apuré a hacerlo, como quien le revienta la cabeza a un potro quebrado.

Me acuerdo que entramos al galope y gritando, para darnos coraje. Los caballos se refalaban en las baldosas y los gritos iban y venían por las paredes cuando entramos sin desmontar, atropellando. Él apareció de repente, en el fondo del pasillo, solo y medio desnudo. contra la luz. Nos recibió igual que si nos esperara y no se defendió. No hizo más que mirarnos con esos ojos amarillos, como si nos estuviera aprendiendo el alma. No sé por qué yo me acordé de esa tarde, cuando se bajó del tordillo después de perder con Dávila. Se estuvo parado ahí, justo bajo la luz, con esa camisa que le dejaba las piernas al aire, hasta que lo tumbamos.
Cuando Matilde, la hija de la que había sido mujer del Payo Chávez, se le tiró encima para defenderlo, yo mismo le oí decir que no llorara. Y eso fue lo único que habló esa noche y lo último que habló en su vida. "No llore m'hija, que no hay ra­zón", le escuché mientras le buscaba el cuerpo entre los claros que me dejaba el de Matilde, y el General tenía la cara escon­dida por las arrugas y los ojos quietos en algo, no en mí que estaba muy cerca, en algo más lejos, en la gente de a caballo, o en la pared medio descolorida de tanto poner y sacar la bandera.
Y estaba así, con los ojos alzados, la cara escondida por la muerte, la Matilde acostada encima y manchándose de san­gre, cuando lo maté:
_Perdone, mi general -le dije, y me apuré buscando el me­dio del pecho para evitarle el sufrimiento.

Ricardo PigliaEn “Nombre falso”,

Ed. Siglo XXI, B. Aires, 1975.

La prometida esposa


_¿Es cierto que guarda como un tesoro el vestido de novia?
_En un arcón de cedro.
_Ha muerto el padre, ha muerto la madre, han muerto las hermanas.
_¿Sacará el vestido de tanto en tanto? Deslucido estará, des­leído el color.
_Y ella... viviendo detrás de las rejas de la ventana.
_El negro Comandat y la Jesusa le prestan los ojos y las ore­jas,
_Gris debe estar el vestido. De un gris mustio, pálido.
_¿Y cómo vivir? ¿Y por qué vivir?
_Dicen que dura por empecinada.
_¿Desde cuándo lo guarda?
_En el 1821 murió Pancho. Ya van para cuarenta años.
_Viuda antes de casarse.
_Envejeció en cama estrecha.
_Norberta Calvento, la prometida fiel.
_¿Y el ajuar?
_Dicen que era digno de una reina, que no hubo otro igual en toda la provincia.
_Urdimbre de tiempo, y de amor, y de desdicha.
_¿El vestido guardado de la luz, del aire por cuarenta años?
_Para lucirlo en el entierro.

Dentro de poco cumplirá noventa años. Ha resistido más de lo que nunca imaginó. Ella no entiende los juegos, los alambiques, los asaltos de la memoria. Hay cosas que no se borran nunca y otras que se pierden sin que uno se dé cuenta. La vida se vuelve tibia, lejana, como un sonido apagado, como un andar sin hambre ni sed. Hace tanto tiempo que no sale de la habita­ción... Y de pronto, Pancho. El rostro sin sangre, el poncho co­lorado en forma de capa, el tintinear de las espuelas de plata en el embaldosado del patio. Ha vuelto. Arrebujada entre almoha­dones y cobertores, ella sonríe. Es Pancho con el uniforme de los Dragones de la Patria; es Pancho, el pelo rubio, los ojos azu­les, su apostura varonil; ella sonríe, siente que la felicidad se aproxi­ma y se exalta, y luego, de pronto, una luz que en vez de ilumi­nar, confunde, difuma, deshace la imagen, la desaparece; Norberta aprieta los párpados, quiere seguir en esa oscuridad dichosa de la duermevela, se obstina en retener la imagen del amado, que permanezca un minuto, un segundo más pero su esfuerzo es inútil: se ha ido. Otra vez se ha ido. Entonces... ¿ha estado so­ñando y el sueño la despertó? Abre los cansados ojos. Una ne­blina extensa, silenciosa, la rodea. Desgracia de los viejos vivir sin esperanza, dicen.Pero qué nombre darle, cómo decir, qué decir de una vida entera sin esperanza. Porque ella era una niña cuando se quedó sin nada. Y sin embargo se sostuvo. Y todavía hoy, sus débiles huesos, su cuerpo devastado, este envoltorio de cenizas que parece siempre a punto de desmoronarse se sostie­ne. Sin esperanza. Quizá llegue al siglo si es voluntad del Señor. ¿De dónde sacó la fuerza? Norberta se interroga a sí misma, busca una respuesta. La rebelión del alma. Sí. Debe de haber sido eso. Porque cuando agobiada por la tristeza y el dolor se iba yendo del mundo, el alma se le rebeló. Fue la primera, la única rebelión de su alma. De una niña sumisa, exangüe, brotó la ra­bia. Y desapareció la fiebre y la enfermedad. Y ya no necesitó de tisanas ni de sangrías ni de jarabes. Y fue sola, sin que nadie la acompañara, que así sería su vida en adelante, plena soledad, a prometer al Altísimo, en todos los altares de todas las iglesias y capillas del Arroyo de la China: “Juro que no moriré sin haber enterrado a los que te traicionaron, no me iré de nuestra tierra ni de tu casa antes de que caigan, uno a uno, los que entregaron, los que entregarán tu bandera colorada, azul y blanca”.
Victorioso. Invicto. Galante. Así lo recuerda ella. En La Baja­da, antes de levantar campamento para cruzar a Santa Fe, hubo bailes en las casas principales y en las calles, corridas de toros, riñas de gallo y hasta funciones de títeres pues nadie quería dejar de agasajarlo, de mostrarle su adhesión. El ejército se ponía en marcha, la República de Entrerríos estaba de pie. Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba tendrían el escarmiento que se merecían.
De allí, de La Bajada, en ese fatídico año de 1821, le mandó por intermedio del negro Comandat, aquella esquela, escrita en medio del apuro de la partida, que ella ha transformado en ora­ción, en plegaria, en elegía.

El pañuelito con mis iniciales, bordado por usted,
lo llevo siempre junto a mi corazón.
Así será también en las batallas que me esperan
y en la gloria o el desdén con que me reciba la historia.
Suyo:
Francisco Ramírez.

El vestido es negro, de seda. Puntillas y encajes delicadamen­te festoneados. Corsé de afelpado terciopelo negro. Amplios, cayendo pesados sobre el miriñaque, los gajos negros de la fal­da. El vestido, dominante en el centro de la habitación, anula al maniquí que lo sostiene y se yergue, se alza, se compone. El diseño, los bordados, los apliques de mostacilla, las diferentes texturas, las miles de puntadas dibujan el deseo palpitante de la novia y el cuerpo que lo ocupará; cada invisible costura anticipa los bisbeos de la seda en la piel, el susurro de la tafeta de las enaguas, el despacioso y paciente deslizarse y estremecerse; cada ojal, la prolijidad del festón de cada ojal, anticipa el abrochar y desabrochar de la hilera interminable de botones en la espalda; cada rosa y cada capullo, ornamentos preciosos, delicados, que cubren la estrecha y recatada pechera, exhalan perfume, tibieza. Y en los disimulados pliegues del vestido, en su majestuosidad, en su estar esperando en medio de la habitación, aunque sujeto al maniquí, ya aparece el desmayo complaciente de la caída, la forma ausente del cuerpo que ha ido a buscar otro cuerpo; el abandono sin sufrimiento, no en el suelo, quizá sobre un sillón o quizá sobre el respaldo de la cama matrimonial. El vestido es negro. Enteramente negro. Del más oscuro y suntuoso negro para realzar la blancura, la pureza, la inocencia de la inmaculada novia.
¿Y de la Delfina, quién le habló?Pegada igual que abrojo a la suerte de él.¿Le contaron?¿Cuándo? Una cuartelera, la portu­guesa. ¿Pero quién se lo dijo? ¿Cómo fue que se enteró? Nadie nunca se lo dijo. De ésa, y de tantas otras, jamás nadie le habló. A Norberta le llegaban las murmuraciones mientras cosía o bordaba el ajuar: nada en voz alta, siempre retazos, como pedacitos de encaje desechados que se filtraban en la conversación. Todo a lo largo de la espera, la insidia en cada puntada de punto arroz, en cada hebra defilada para la vainilla, en el dibujo que va apare­ciendo en el macramé. Norberta aprendió a hacer oídos sordos rápidamente, a restar importancia, a sortear con una sonrisa el correveidile en que se convirtió su vida. Pero, ¿acaso podía espe­rar otra cosa siendo la prometida del Supremo? ¿Y sus padres, y Doña Tadea, su futura suegra, y sus amigos y vecinos de siem­pre, los López Jordán, acaso alguno de ellos, alguna vez, le dijo algo? ¿A quién en el Arroyo de la China se le ocurrió pensar que ella no se casaría con Pancho? A nadie. La respetaban tanto como la respetan ahora. Porque a medida que ha ido pasando el tiem­po, y el tiempo ha pasado, el nombre del Supremo sigue vivo en forma de promesa. A Norberta le enorgullece saber que en la villa sólo hablan de ella y de su vestido de novia. De su fidelidad. Y de su ajuar que fue y es bandera de Los Libres.
No. No es cierto pensó Norberta. Es imposible que a mi amor lo cercenen. Es imposible pensarte, Pancho, tu cuerpo y tu cabeza separados. El cuerpo en el campo, abandonado a las ali­mañas: lo devorarán los pumas, lo despellejarán los cuervos, lo recorrerán las hormigas y los tatús y las víboras, y los zorros qué harán de él, su cuerpo que no conocí; y mi virtud, mis manos, mis brazos, mis labios a quién besarán. No, no, el grito helado en la garganta, callarse, callar el desgarro creciente, no hay pala­bras para este dolor, ni llanto para este sufrimiento, qué le han hecho a tu cara, los ojos claros me miran todavía, y la boca que no está seca ni es un pellejo azulado hundido ni la nariz es tan afilada ni el pelo es una masa sanguinolenta ni él es osamenta carcomida, piel que se ha transformado en cuero, cabeza ensar­tada en una pica, cabeza encerrada en una jaula, cabeza expuesta en el Cabildo de Santa Fe cuelga en lo alto, hermoso, quién pue­de igualar tu hombría, no hay, no hubo, no habrá, espada a la cintura, espuelas de plata, tu mujer, la que nunca será tu mujer, tu prometida, la que siempre será tu novia te dice que es imposi­ble, Pancho, que mi amor es eterno, que a mi amor nada ni nadie lo mata.
Norberta no puede precisar cuándo, en qué año o época, dejó de recibir. Se cansaba demasiado. La iban a ver miembros prominentes de las mejores familias de la provincia, políticos y gobernantes que no se olvidaban de Pancho, gente humilde le acercaba presentes y hasta viajeros ilustres, extranjeros, la visita­ban. En las provincias, en Concepción, en Buenos Aires se su­cedían los entuertos, los hombres que hoy brillaban y mañana no; mañana, pasado mañana, por una u otra cosa los gobiernos y los gobernadores y los jefes caían. Como las hojas de los alma­naques. Ella los fue sobreviviendo a todos y todavía no se rinde. ¿El mate está listo? Que el negro Comandat y la negra Jesusa preparen la mesa al fresco. Esta tarde se levantará y paseará un rato por el jardín. El aire le hará bien, despejará su cabeza de malos recuerdos.
Entre ellos el amor fue confiado, amistoso, apacible. Pancho entraba a la sala y, en presencia de sus padres, relataba los episo­dios de la lucha. Y cuando fue Gobernador de de la provincia, sus planes: la reorganización de la economía, la creación de es­cuelas, el entramado político necesario para recuperar el antiguo territorio del Virreinato del Río de la Plata. Nunca era más hermo­so que entonces cuando pensaba en el futuro. Y en el futuro estaba ella a su lado. Con el asentimiento de sus padres, la toma­ba cariñosamente de las manos y la miraba con ternura. Como cuando eran niños y jugaban a la ronda o las escondidas en el patio.
Ella era una niña y Pancho ya la requería de entre sus herma­nas. Y se imponía: nadie se esconde con ellos en el patio de los naranjos, que se busquen otro lugar, que volteen para otro lado y hagan silencio si no quieren ser descubiertos por el enemigo. Al enemigo hay que engañarlo, Norberta, al enemigo hay que caerle cuando menos lo espera, de sopetón. Lo mismo que el río que parece tan tranquilito y es bravo como una fiera cuando se encrespa.
El vivió enarbolando ideas, luchando, yéndose. ¿Cómo no se lo iban a disputar las mujeres de la provincia? Tantas cosas se dijeron, tantas... hasta que tuvo dos hijos que llevan el apellido Ramírez y andan entre las huestes de Urquiza, ahora que Urquiza se ha levantado contra Rosas y concentra fuerzas en los campa­mentos de Calá, San José y Arroyo Grande. Y si fueron de él, ninguno de mujer decente, ninguno asentado, piensa Norberta. En esta aldea corren juntos el amor y el odio, el engaño y la esperanza. A Justo José de Urquiza ella lo conoce bien. Segunda, una de sus queridas hermanas, cayó bajo embelesada por él y le quedaron varios hijos.
El hombre es poderoso. Pareciera que la bandera federal le pertenece; pareciera que se olvida de quién la ha heredado.
Confederación, dicen. Del olvido se nutren las traiciones. Pero así como el aire y el cielo cambian pero son siempre los mismos, así ella es constante. Norberta tiene presente la promesa. Ya se verá lo que trae el aire. Si Dios le ha dado en esta vida tanta carga le años no ha sido en vano -como las brujas de las afueras, como las curanderas de los ranchos- presiente algo, no sabe qué cosa ni cuándo, un claroscuro, un violento relámpago en pleno día que sacudirá los aconteceres, cambiará el rumbo delineado y por fin ella podrá irse a descansar. ¿Y la Jesusa por qué no viene cuando la llamo? ¿Y el negro Comandat? Estamos usted y yo, solitas, en la casa, le dice la sobrina bisnieta. Se lo ha dicho infinidad de veces, como quince años hace que murieron los viejos servidores de la familia. La sobrina bisnieta cree que ya no escucha: la tía está sor­da como una tapia. Ellas dos, únicas habitantes en la inmensa casa. La sobrina bisnieta se meterá a monja cuando la tía muera.
Carmelita, de clausura. En el arcón de cedro, allí está mi vida entera, insiste la tía. No. No es cierto, gritó Norberta. Que nadie en esta casa lo repita. Que jamás nadie, que nunca, nunca digan lo que en todos los poblados de la provincia, en la sierras, en los llanos, en las calles y los mercados y las escuelas de Concepción dicen: que fue por ella. Maldita cuartelera. No fue por ella. Fue por él. No lo conocen. Yo lo conozco. Su bravura, su coraje, su valentía. Lo hubiese hecho por cualquiera, por cualquiera de sus montoneros lo hubiese hecho. Volverse a defender a uno de los suyos. Por Anacleto Medina, por Ricardo, su medio hermano, por el fraile Monterroso o por un tape guaraní, toba o guaycurú. Por ser como era lo hizo. Padre, lo llamaban. ¿Un Padre hubiese dejado a alguno de sus hijos sin defender? No importa quién fuera, él hubiese hecho lo mismo sin dudar. ¿Cuándo le importó el nú­mero de los que tenía adelante?, ¿cuándo se mezquinó para tra­tar de salvarse? Que alguno, que alguien con autoridad me des­mienta si no digo verdad.
_¿Y el ajuar? ¿Y los manteles, las sábanas, los camisones?
_Vendas, estopas, campos blancos de la bandera federal.
_¿Vendas de hilo de Holanda? ¿Estopas de manteles borda­dos con punto arroz, hilos de seda, avainillados?
_Lavan y planchan con carbón al rojo vivo los camisones, las mantas, las toallas de mano, las servilletas, los cobertores. Y des­pués los rasgan, los cortan, los cosen. Ella lo ordena.
_¿El ajuar completo?
_Para los heridos, los enfermos, los arrinconados.
_Roperos de pie y medio, arcones, cómodas: el ajuar rebalsaba los estantes, los cajones, las cajas enteladas con motivo de viole­tas.
_No hubo otro de tal magnificencia en Concepción del Uru­guay.
_Era la prometida esposa del Supremo.
_¿El ajuar completo?
_Lo que va quedando. Años de lucha, de resistencia al poder central.
_¿Enaguas rasgadas a lanzazos? ¿Pañuelos de lino abando­nados en las sierras de Montiel? ¿Indios brutos, tapes, montoneros con vinchas y chiripás de hilo de Holanda?
_Adónde sea y no importa quién. Adonde haya un Libre, adonde resista la pluma de ñandú.
_Ella lo ordena. A lavar, a planchar, alistada está su promesa de novia para otra guerra.
_¿Desde hace cuánto tiempo?
_Cincuenta años.
_Sin salir jamás de la casa.
La desgracia. ¿Cómo se enteró ella de la desgracia? Ella oyó los gritos, los golpes de la aldaba, las corridas de los sirvientes, la voz de su padre. San Francisco del Chañar, dijeron. En medio de la noche, lo escuchó claramente. Y un revuelo y un desorden. Porque ella se había levantado, había entreabierto la puerta de su cuarto -no era su intención exponerse al aire frío de la no­che- pero al oír San Francisco del Chañar sin saber por qué corrió en la oscuridad, sin siquiera haberse cubierto con una mañanita, así como estaba, en camisón y descalza, corrió hasta el escritorio donde su padre, y también su madre, y el negro Comandat, y la Jesusa, y sus hermanos varones se apiñaban alre­Icdor del recién llegado.
Buscaban el norte, la salida por el Chaco. ¿Por qué tan apar­tado de Buenos Aires?, se preguntó Norberta. El soldado, ja­deante, sucio, agotado apenas se mantenía en pie; la Jesusa le dio agua y después aguardiente y su padre le acercó una silla. Algo no ha salido bien. Pancho nos previene de que nos protejamos de sus enemigos. Pero no bien se rehaga, no bien su tropa se recomponga, para qué los tiene a Campbell, a Carrera, a Medina, a Piriz, corajudos, capaces de sacar fuerzas de la nada; no bien se junten todos, con Pancho de vuelta en Entrerríos y al mando, volverán a la carga. Eso era lo que pensaba cuando su padre, como si en ese preciso momento se diera cuenta de su presencia, la tomó de los hombros y la condujo hasta el sillón de pana y se sentó a su lado. Su padre la miró largamente a los ojos y sin que se le quebrara la voz se lo dijo. Que Pancho había nido derrotado. Y también le dijo el padre, muerto. Que no era hora de debilidades ni de blanduras, que suyo era el temple de las bravas criollas, Norberta. Y que guardara el sufrimiento en el corazón, enlazados en el corazón, amada hija, el dolor y la promesa de casamiento. Porque si la voluntad divina no hubiera sido la que fue, ella, Norberta Calvento, sería, hubiera sido, ante Dios y ante los hombres, la legítima esposa.
Subrepticiamente, en silencio, sin que ella lo viera, hacerlo desaparecer. Por orden de la madre, el vestido de novia ha pasa­do del maniquí al fondo del arcón. Metros y metros de tela blanca. Como monstruoso vendaje -no hay herida que abarque el cuerpo entero- los rectángulos cuidadosamente recortados de tela blanca cubrirán el fondo y las paredes laterales del arcón de madera de cedro tallado por los guaraníes de las misiones. El vestido de novia, negro, esplendoroso, inútil, se apoyará sobre la tela blanca y quedará allí, resguardado del polvo y de las polillas por los metros y metros de tela blanca y por las bolsitas de al­canfor y de lavanda que se depositarán entre doblez y doblez -el vestido ha sido doblado con extremo, con exquisito cuidado: la inmensa falda negra en dos, la recatada pechera volcada, las mangas sobre la pechera en actitud de rezo, la mantilla de encaje negro como si estuviera cubriendo piadosamente la cabeza-. El alcanfor y la lavanda disfrazarán el olor del tiempo, hecho de humedad y de encierro; pero el tiempo no perdonará el color del vestido que se irá transformando lentamente de negro a ce­niciento, de ceniciento a blanco marfileño.
_Gritan el nombre del Supremo.
_Mataron a Urquiza por traidor.
_Acaban de matarlo. La provincia está en armas. Justo José de Urquiza, asesinado.
_Al galope y a los tiros en San José. Y cayó el Waldino tam­bién por salvar al padre.
_Dicen que a la Norberta le brillaron los ojos. Pero se persignó.
_Que se levantó de la cama para aclamar a los López Jordán.
_Justicia, gritan.
_Libertad.
_Urquiza se volvió unitario, pisoteó el credo federal.
_El Anacleto Medina, ciego, se ha hecho atar al caballo y anda dando voces de rebelión.
_Guardia montonera frente a la casa de los Calvento.
_Flamea la bandera tricolor.
_La sobrina está asustada con tanto alboroto. Y no deja de rezar el rosario.
_Como si ya la estuviera velando.
_La noticia ha corrido como reguero de pólvora.
_No es para menos.
_La Norberta ha mandado abrir el arcón de cedro.


Inés Legarreta
Chivilcoy

El eclipse


Cuando Fray Bartolomé Arrázola se sintió perdido, aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva.
Ante su ignorancia topográfica, se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas. Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.
Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
_Si me matáis ‑les dijo‑ puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después, el corazón de fray Bartolomé Arrázola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Augusto Moterroso
Guatemala (1921-2003)