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Final

Antes de cruzar la gran avenida, sobre el borde mismo de la acera, con la forma de un adiós tan definitivo como el sol de esa mañana, ella dejó caer una sonrisa displicente, cargada de olvido.

Una pequeña mancha roja se secaba sobre la manga de la mano que insinuó el gesto de despedida.

El puñal ya era todo mío.


Alberto Collaud

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