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Ponete un poco del otro lado

La luna partía el agua con un mellado cuchillo de luz y en la orilla el pescador auscultaba las vibraciones que le llegaban por la línea que se perdía en la profundidad.

La noche era perfecta y el olor del río lo atraía con una hipnótica suavidad. Ya había sentido el casi imperceptible latido del sedal. Inmóvil, con toda la atención puesta en la punta de los dedos, esperó con experimentada paciencia. Lo imaginó moverse desconfiado ante la oferta demasiado franca.

También precavido detuvo sus cavilaciones en ese punto. Había sido un gran lector de Cortázar en su juventud y conocía los riesgos.

Pero ya hacía un buen rato de la última actividad. La cuerda se mantenía silenciosa, la luna avanzaba cayendo hacia la otra orilla y una brisa fresca mejoraba la noche apacible y queda. Tal vez por eso se descuidó.

El olor, que de repente se había hecho intenso al acercarse, y el ondular repentino lo empujaron a ese movimiento involuntario y fatal. Aturdido de dolor, su primera reacción fue escapar sin rumbo, pero apenas pudo avanzar hacia la oscuridad cuando un golpe brutal lo detuvo. Forcejeó con su propio pánico tratando de hundirse en la espesura. No alcanzaba a recorrer algunos metros cuando lo empujaban con mayor fuerza. La luz se acercaba con una reverberación de túnel.

Cuando el dolor le fue insoportable se afirmó en su propio grito y saltó hacia adelante. Con el aire quemándole las agallas pudo ver el otro lado de la noche, la luna partiendo el río y sobre la orilla, al pescador enrollando en cada tirón el otro extremo de la línea que lo sujetaba implacable.

Alberto Collaud 
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