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Mudanza

Consultó por enésima vez su reloj antes de enviar un nuevo mensaje mientras salía del café. Contrastando con la densa bruma gris que le crecía por dentro, la luz de la mañana lo golpeó sin piedad. La humedad de las veredas desiertas lo salpicó con olor a agua de portero. Caminó un poco por la avenida casi sin rumbo, aunque sabía bien lo que debía hacer. La partida ya era inevitable y tenía la experiencia del buen nómada.

Por tanto, debía ser cuidadoso y pensar bien los recipientes, necesarios y adecuados, para ir guardando cada cosa de la mejor manera al sólo efecto de retenerlas el mayor tiempo posible y de que no dificultaran el camino.

Ya de regreso, se dejó ir por la ventanilla mientras comenzaba la meticulosa tarea de organizar envases y rótulos. En una pequeña caja roja pondría las imágenes más lejanas, un mechón de su pelo y los primeros roces, casuales, imperceptibles. Como ya habían sido almacenados con anterioridad no le preocupaban demasiado, estaba seguro de que permanecerían sin demasiado cuidado.

Con una mueca de ternura pensó en su pequeña mano, extendida y quieta que él supo buscar con la primera pregunta franca que le hizo a su piel. Necesitaba algo de porcelana blanca donde guardar ese silencioso gesto infantil.

Recordó que había en el segundo cajón de su escritorio un fino papel de lino de un pálido tono ocre que sería ideal para envolver en siete pliegues la curvada silueta que le dejó distante una mañana sobre un pasillo rodeada de voces mientras le sonreía a otros. Y tal vez, en la esquina de un pliegue, pusiera allí también sus ojos de enojo y de intriga cuando le contó lo que hablaban.

Siempre le había costado retener los sonidos, era lo primero que se le escurría por más esfuerzos que hiciera. Por eso eligió una caja de guayacán, verde y honda, para guardar su voz. Había recortado con precisión el sonido susurrado de su voz al responder al teléfono. Ese tono casi grave de niña recién despierta, con expresión asombrada y feliz con que abría cada saludo y que él sintiera y esperara siempre, como una caricia elogiosa sobre su oído. La madera es buena para la música y el palosanto tiene además el agregado de un aroma de bosque profundo donde puede aquietarse por más tiempo, pensó mientras saboreaba el último cosquilleo que el recuerdo le había dejado.

No pudo decidir en dónde guardar el olor de su piel desnuda ni qué fragmentos elegir. Indeciso anduvo recorriendo sus líneas, reconstruyendo cada curva y hondonada hasta que finalmente, consideró dejar esa tarea para más adelante. Con lo hecho ya bastaba para iniciar la partida.

Tenía, por supuesto, una caja llena de papeles, canciones y poemas, mensajes, cartas y fotos que no requerían ningún catálogo ni orden preciso pues su contundencia de realidad los sumaban a otros innumerables objetos perecederos y fugaces. Su evidente materialidad los hacía pesados e incómodos y él prefería ir más leve, guardar sólo lo imprescindible, aquello que pudiera ser transportado sin demasiado trámite.

Era un buen nómada que había aprendido a despedirse a tiempo y viajar liviano. De todas maneras, dejó junto a los pequeños paquetes su teléfono encendido por si ella volvía a llamar.

Alberto Collaud
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