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Secretos protegidos

De repente tuvo la certeza de que lo estaban siguiendo. Respiró despacio y avanzó sin distraerse. No es que ante sus ojos, ocultos detrás de unos lentes espejados, hubiera algo evidente, pero con tantos años de práctica, sus reflejos se activaban de manera automática. Tantas veces había estado él del otro lado de esa situación. Eran pequeñas señales, un movimiento diferente, un gesto, algo o alguien que no debía estar en ese lugar.

Puso toda su concentración en mantener el paso al mismo ritmo y sostener sus gestos habituales para no decirles a su vez a sus perseguidores que él ya sabía que estaban. Necesitaba esa ventaja que le daría, al menos, unos minutos más. No era fácil, a pesar de su práctica, ser calculadamente espontáneo. Hay tantos gestos rutinarios de los que uno no se percata, pero que los otros sí pueden ver. Pero también eso lo había entrenado día a día, sosteniendo, con enorme esfuerzo, la concentración en cada ademán como el obsesivo y minucioso ensayo de una obra diaria que él mismo escribía.

Colocó su tarjeta en el ingreso y, como cada vez, pasó su mano por el pelo en un gesto casi amanerado, observándose en el reflejo del cristal de la cabina de seguridad. Sus perseguidores, que seguramente lo observaban desde hacía varios días, no dejarían de notar este gesto tan habitual y les llegaría el mensaje de que todo estaba bien y controlado.

Avanzó por el corredor hasta su oficina con el teléfono en la mano y envió el primer mensaje. No se preocupó por disimular un buen texto que justificara la secuencia de números. Quienes ya estarían a la escucha de sus llamadas sabían que era una clave, pero necesitarían descifrar dónde debían buscar y eso les llevaría un buen rato. No pudo evitar una mueca de dulzura al escribir 3-9-1-18..., pero se recompuso rápidamente y completó: 10-9-23. Envió el mensaje mientras la puerta de su oficina se abría con un programado chasquido luego de que el ojo electrónico chequeara su pulgar y su pupila.

Desconectó las lámparas que se habían encendido a su paso para mantenerse a oscuras y poder vigilar la hendija de luz bajo su puerta. Cumplidos con los movimientos rituales, un vaso de agua y la carpeta de expedientes a un lado, se sentó frente al monitor a realizar su trabajo cotidiano. Hubo un tiempo en que eso fue de importancia nacional, hoy era apenas descartable y pronto vendrían por él. Pensó en buscar el arma oculta en el respaldo de su sillón, descartó la que había puesto debajo del escritorio porque seguramente ya no estaría allí. Pero consideró que sería inútil y, tal vez, aún un poco apresurado.

Mientras abría su correo y revisaba los envíos, renovó el código de su programa personal. Era su pequeña obra de arte, una hermética caja cargada con tanta información letal que haría resquebrajar y, tal vez, herir de muerte a más de un encumbrado jerarca. Allí estaban guardadas copias de los datos y documentos que él había tenido que descifrar y encriptar a lo largo de más de diez años de trabajo. Especulaciones, corruptelas, matanzas, dinero a raudales y buena parte de la ropa más sucia del sistema.

Lo había pensado para una acción póstuma. El programa, que había logrado mantener oculto, reactualizaba su seguridad en forma permanente en un laberinto criptográfico. Pero cuando vinieran liberaría su contenido por toda la red. Era su secreto Caballo de Troya esperando en medio de la noche de la gran ciudad corrupta.

Ahora, quizás, el momento había llegado. Un suave doble click en el mouse y se romperían todas las barreras numéricas cayendo en olas como en un dominó de claves, abriendo las compuertas para que se desparramaran por infinidad de direcciones que, a su vez, lo multiplicarían al infinito en el instante mismo en que oyera a sus enemigos atravesar la puerta. En caso de que lo mataran antes de hacerlo, se activaría automáticamente al segundo día de que él no lo hubiese abierto. Era el tiempo que consideraba podía soportar la tortura.

La tenue vibración del teléfono lo sacó de sus especulaciones. Suspiró aliviado cuando leyó: Ib-idem. Por unos segundos dejó que se le agolparan imágenes y sensaciones, hasta que el deseo fuera tan concreto como un aroma espeso. La confirmación de estar acompañado dentro de la perversa red lo cargó de nueva energía.

Reanimado, sacó de su cajón un gastado ejemplar de La Odisea disimulado con la cubierta de una novela de Chandler. Buscó el capítulo cuarto y comenzó a trabajar sobre él cuidándose de no marcar ni señalar nada en especial, sabiendo que algún ojo estaría en ese momento mirando por sobre su hombro. Finalmente escribió en su teléfono IV:1-13-7-10-24-25-7-4-1 y envió el mensaje.

Se quedó con el libro cerrado sobre las piernas pensando en el rubio Telémaco con su pequeña esperanza en medio de las amenazas de muerte, hasta que una luz de comprensión relampagueó en sus ojos. Febrilmente comenzó a quitar las densas capas de protección que ocultaban a su programa hasta que quedó allí, bien visible, su caballo repleto de información prohibida. Sus enemigos y quienes ya no lo creían necesario podían verlo y saber de su existencia. Su caballo, a diferencia del homérico, había salido de las sombras de la ciudad y estaba ahora desafiante en medio de la playa desierta. Podían intentar abrirlo, pero no les sería fácil y un error podría serles fatal y desencadenar su imparable camino.

Tarde o temprano lograrían sortear sus trampas y descifrar sus códigos, detener su proceso o neutralizarlo, bien repetía que no había sistema inaccesible, y entonces él sería totalmente innecesario y desechable. Pero, mientras tanto, ganaba tiempo y vida. Sabía que su condena ya estaba decretada, sólo era cuestión de retrasar al máximo la sentencia.

Las sombras bajo la puerta lo sobresaltaron y, por un instante, dudó entre el arma en su sillón o el programa. Esperó con la mano pronta sobre el mouse y se asombró de su propia calmada fatalidad ante ese momento tantas veces imaginado. Hubo un murmullo como de voces o un zumbido que no pudo distinguir y la hendija volvió a estar limpia con la luz blanca del pasillo.

Recuperada la respiración, buscó un capítulo nuevo de La Odisea sin dejar de vigilar la puerta. Después de un rato, escribió en el teléfono IX: 2-14-3-16-23-1-4-1-16-17-3. Envió el mensaje y salió de la oficina. El pasillo estaba desierto.

En la salida tuvo apenas una vacilación y, olvidando sus precauciones, salió del edificio. Caminó despacio hacia la entrada del subterráneo, el mejor lugar para despistar a cualquier perseguidor. Cuando bajaba las escalerillas una vibración en la mano lo hizo sonreír. Leyó XV: 3-9-8-4-6-8-5 y se sintió feliz. Había sobrevivido un día más y ella lo esperaba en el otro extremo.

Alberto Collaud

al.coll@yahoo.com.ar