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Cuento policial


"La solución del misterio es siempre inferior al misterio"

“Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”,
de Jorge Luis Borges
La habitación permanecía herméticamente cerrada. Los postigos con sus pasadores y la única puerta clausurada con una gruesa cerradura que les llevó un largo tiempo a los agentes romper para poder ingresar. El cadáver del conde no daba muestras de haber recibido ningún tipo de violencia si se exceptúa el puñal que atravesaba su garganta. Nada parecía estar en desorden. Sobre una mesa de roble había una importante cantidad de dinero en diversas monedas, documentos, letras de cambio y una carta manuscrita que, al parecer, no habían interesado al asesino.

Entre los leños apilados en la carbonera junto a la chimenea, en un estuche de cuero negro se halló el cetro de Eduardo VII que había sido robado hacía seis meses de la torre de Londres burlando el más grande sistema de seguridad de Europa. Tanto que la noticia nunca llegó a conocerse. En el cetro sólo faltaba el diamante Cullinan I, la Gran Estrella de África, de nada menos que 530,20 quilates.

Los investigadores estaban desconcertados. Ninguna huella o marca facilitaba la posibilidad de encontrar una respuesta al enigma. El viejo edificio presentaba una extraña disposición producto de sucesivas construcciones que lo habían transformado en un verdadero laberinto, pero el departamento, ubicado en el cuarto y último piso, tenía el ascensor clausurado desde hacía dos semanas y una única escalera de acceso con un encargado sentado a su frente que no vio ingresar a nadie después de que el dueño de casa, y ahora víctima, bajó en busca de sus cigarrillos.

Los pocos vecinos no habían escuchado esa noche otra cosa que la “Nessun dorma” del último acto de Turandot que Franco Corelli repetía hasta la desesperación y cuyo exceso de volumen provocaron el malestar de un trabajador insomne y la intervención policial. Los periódicos, ayunos de información, debieron elaborar excéntricas y fugaces conjeturas con aquello que los acostumbrados informantes no les pudieron proveer. La sección del correo de lectores no daba abasto ante tantas cartas proponiendo las más disparatadas soluciones.

Por eso, cuando la policía apresó a Dunraven, el guardaespaldas, secretario y, a veces, mayordomo, éste quedó sumamente sorprendido, pero luego de la primera sesión de tortura confesó todo y entregó el enorme diamante que guardaba en su bolsillo.


Alberto Collaud
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