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La Odisea II

Con su insistente andar fatiga las almenas y, aunque el horizonte es una línea imprecisa y monótona sobre el mar, gira sorpresivamente la cabeza una y otra vez creyendo ver una silueta conocida.
Las novedades son siempre ambiguas, pero se repiten con cada barco. Asombrados marineros dicen haberlo oído de otros que estuvieron allí. Hablan de sirenas, islas encantadas, magos enamorados y cíclopes furiosos.
Alguien menciona una lejana guerra en una ciudad que guardaba los frutos de un rapto detrás de enormes muros junto al mar. Hay quien elogia su enorme astucia o su irresistible seducción en cualquiera de las batallas posibles.
Las noticias que le llegaban con cierta puntualidad, cargadas de próximas promesas, abruptamente han cesado y un turbio silencio agobia a los mensajeros.
Los días suceden a las noches y las conjeturas de inciertos presagios le van oscureciendo la mirada cada vez más ausente.
En las ruedas de interminables reuniones, con amigos siempre dispuestos a consumir gratis, algo demacrado y silencioso, Ulises, mira con obstinación el viejo telar que su mujer abandonara poco antes de irse a recorrer mundo.
Alberto Collaud
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