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Inocencia criminal


Él era un entendido y un exquisito, por eso amó esas manos desde el primer momento. Pequeñas y suaves como dos breves palomas blancas se acurrucaban sobre su pecho desnudo. Inocentes y calmas, recibían tímidamente su roce. Pero cuando él las atrajo hacia su boca y las besó con delicadeza, sus dedos parecieron despertar.
Primero fue una caricia restituida, un lento ir y venir por sus brazos y su rostro. Luego sus uñas, combas, afiladas, perfectas, a las que parecía descubrir recién ahora, señalaron su pecho en un simulado rasguño. Un escalofrío de placer le recorrió la espalda cuando sus dedos le marcaron cinco líneas profundas.
Se dejó ir en un tobogán de placer y dolor que avanzaba incontenible. Cuando lo comprendió fue demasiado tarde. Las pequeñas manos blancas con sus uñas perfectas eran una sucesión de navajas que le cerraban la garganta y le buscaban el corazón, implacables.
Supo entonces que lo encontrarían vacío y con leve gesto de satisfacción en los labios.

Alberto Collaud
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