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Fábula de amores desiguales

Hubo una vez un viejo león que se enamoró de una pequeña oveja. Y, para asombro del veterano cazador, la joven merino de fina lana, rizada y suave, pronto correspondió a los ardorosos acercamientos del felino. El rey de la sabana se convirtió así en un laborioso amante que traía tiernas y verdes hojas, coloridos ramos de flores y estaba siempre dispuesto a abastecer cuanto capricho se le antojara a su bella amada. Aunque, lo que más agradaba a la pequeña era pasearse con su majestuosa fiera, ante el asombro del resto del rebaño, oyendo las desmesuradas historias de sus terribles cacerías y conquistas.

Pero, por estrictas razones de juventud y de saberse hermosa, la cordera pronto se cansó de su tan solícito amante y fue desinteresándose de sus obsequios y de su propia presencia.

El león aumentó su oferta de regalos, arriesgándose incluso en el huerto de los humanos para traerle los más tiernos capullos de lechuga que la ingrata apenas mordisqueaba y dejaba abandonados en cualquier parte. Ni las flores de exóticos pétalos ni los más exquisitos bocados vegetales eran tenidos en cuenta. Al no poder relatar sus historias, se lanzó a la búsqueda de nuevas proezas, asaltó con remozada energía fortalezas inexpugnables y combatió con cuanto animal se cruzó en su camino sin importar el tamaño ni la fuerza.

Pero nada de esto interesaba ya a su amada cordera. Mendigo de amor, el león se humilló hasta el extremo, se arrastró a sus pies y suplicó una y otra vez. Aunque desdeñado, no dejó de traer sus obsequios y permanecer largas horas a la sombra de algún arbusto o bajo el duro sol maullando melosas canciones de amor dolido.

En un comienzo las demás ovejas, desde prudente distancia o detrás del protegido corral, se burlaban de él y a veces lo insultaban. Pero, con el pasar de los días, su penosa figura dejó de ser tema de conversación y del desprecio pasó a un completo olvido. Era una cosa, un algo tendido allí cerca que de vez en cuando lanzaba algún molesto suspiro o murmuraba versos inaudibles.

El enamorado no cejaba en su paciente intento e iba tras la ingrata besando sus pisadas y murmurando suplicas y promesas que nadie oía. Las ovejas más viejas rezongaban por el estorbo que era cuando se lo encontraban y las más pequeñas se divertían con gran variedad de penosas maldades que soportaba con sumisa resignación.

Llegó incluso a seguirla hasta el mismo corral y acurrucarse silencioso en un rincón. Coincidió que esa misma noche llegó una nueva oveja extranjera que venía de un lejano rebaño y que, al ver al león, gritó con aterrado asombro:

_Pero... ¡¿qué hace este león adentro del corral?!

Las ovejas todas despertaron de golpe, pero ya era muy, muy tarde.

Alberto Collaud
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