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Dormirse

Pensó que le sería difícil dormirse. Tal vez, porque el espacio era muy estrecho y ya hacía mucho que estaba inmóvil y él, desde siempre, había necesitado moverse para poder dormir. Desde pequeño dormitaba de a ratos y en cada intervalo cambiaba de posición.

Primero fue el pie izquierdo con un cosquilleo suave y persistente que iba subiendo. Inútil intentar mover los dedos y arquear la planta, el pie se le había dormido irremediablemente.

Luego fue el otro pie y el hormigueo insoportable que continuaba trepando por sus piernas. No tenía manera de sacudirlas o al menos doblar las rodillas buscando un alivio. La oscuridad del lugar era total y contribuía a acrecentar cada sensación. Miles de diminutas hormigas hundían sus patitas en cada poro y avanzaban por sus muslos.

De pronto, cuando estaba a punto de gritar todas esas sensaciones se apagaron y una pesada inmovilidad se apoderó de sus extremidades. Ya ni sus dedos le obedecían y, aunque el agobio del hormigueo había desaparecido, la comprobación de tener medio cuerpo anestesiado no era menos molesto. No sentir algún miembro a causa de la poca circulación y no poder moverlo le era conocido, pero nunca le había ocurrido en ambas piernas al mismo tiempo.

Cuando sus brazos puestos en cruz sobre su pecho comenzaron a dormirse con un cosquilleo creciente su preocupación se tornó en desesperación.

Antes de dormirse definitivamente alcanzó a sentir que alguien lo besaba en la frente.


Alberto Collaud
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