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Cazadores

Era un experto seductor y, con medida suficiencia, estiró su mano hasta la de ella. Tímida, algo sonrojada, ella se dejó acariciar inmóvil. Mientras le hablaba, mirando sus ojos brillantes, recorrió suavemente sus dedos, la redondez de sus uñas mínimas y la humedad de su palma. Ella sonreía muy quieta desde su cara de niña y lo dejaba hacer. Él levantó su pequeña y blanca mano hasta sus labios en un gesto casual y continuó hablando con voz suave.

Cuando finalmente ella movió despacio sus dedos respondiendo a sus caricias, él estiró su mano y, luego de un breve roce por su cara, atrajo su cabeza hasta encontrar sus labios. Con pausada delicadeza la besó y recorrió su boca aumentando la presión a medida que recibía su respuesta. La mordió suavemente antes de separarse y con una sonrisa saboreó sus ojos de deseo y la confirmación de la posesión.

Pero era un caballero que jamás se aprovecharía de una situación de debilidad y además, confiado, gozaba enormemente de las esperas que auguraban delicias mayores. Por eso, sólo después de dos encuentros más en que fue desarmando las barreras de su tímida pasividad, decidió concretar su deseo.

Con metódica suavidad, entre caricias que debilitaban su nerviosidad, la fue desnudando. Prenda a prenda descubrió sus formas y, en medio de la penumbra, la blancura de su piel brilló con luz adolescente.

Paciente cazador sólo la penetró cuando sintió que el gemido de su deseo se lo reclamaba. Con orgullosa satisfacción la vio crecer en la demostración de su pasión hasta perder definitivamente su pasividad.

Bien conocía la arrebatada excitación de la timidez liberada y se entregó sin resistencia cuando ella lo aferró con fuerza de las muñecas mientras cabalgaba desenfrenada su sexo. Al borde del éxtasis entrecerró los ojos y, por eso, casi no vio venir su boca ansiosa y sedienta con dos finos colmillos hacia su garganta.

Alberto Collaud
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